sábado, 1 de diciembre de 2012



Orgullo nacional
¡Nuestra maravilla!
Luego de su anuncio, el mundo posó sus ojos en Machu Picchu.
No entendía lo que pasaba, todos saltaba y gritaban mostrando su alegría, yo estaba sentado en un rincón viendo lo que sucedía ¿porque mis padres bailan?, ¿que festejaban?  ¿Hemos ganado?  ¿Qué ganamos?, narraba Alberto Mena, ciudadano de la ciudad del Cuzco que  al recordar aquel día en el Machu Picchu fue elegido una de las 7 Nuevas Maravillas del Mundo.
Fueron demasiados sentimientos los que tuve aquel día, las cosas que sentí esa tarde. Toda la algarabía que viví en aquella celebración. Nunca olvidare como celebraban mis parientes, era lo mejor que había podido suceder, ¡Machu Picchu una maravilla!, comento Alberto.
Parecía como cuando uno pisa por primera vez Machu Picchu y se siente que parte de esa monumental estructura, el aire se siente distinto y le entra al cuerpo una sensación estupefacta que junta el pasado con el presente y se puede lograr  sentir la fuerza presencial y espiritual de aquellos tiempos.
En julio del 2007, se realizó este anuncio que dio como ganadora a la grandiosa ciudadela  la cual ha sido calificada como la más alta vasija que contuvo el silencio de cualquiera. 
La ciudad de Machu Picchu se encuentra ubicada a 112.5 km  al noreste de la ciudad del Cuzco, dentro del Parque Arqueológico del mismo nombre.  Fue descubierta en 1911 por el explorador estadounidense Hiram Bringham.  Esta  bella ciudadela fue el centro del reinado del Inca Pachacútec, estas ruinas fueron su lugar de culto y su refugio secreto.
Desde su elección como una de las nuevas maravillas del mundo, no cabe duda que muchas  partes del mundo han puesto sus ojos en esta ruina pues diversos actores de Hollywood, cantantes internacionales, deportistas reconocidos y hasta políticos hicieron una visita recorriendo los alrededores de este santuario, resaltando la belleza y misticismo de nuestra ciudadela de Machu Picchu.


Don César Gutiérrez: su vida después de los Petroaudios
César Gutiérrez Peña, ex presidente de Petroperú, siente que está en el auge de su vida profesional, luego de haber superado satisfactoriamente los terribles años donde estaba involucrado con los famosos petroaudios y su amigo e incluso socio Rómulo León.
Durante toda su vida le gusto sobresalir, ser uno de los mejores, ser reconocido por los demás, no ser uno más del montón como lo indica el mismo. Se graduó de la universidad de Ica en el año 1985 en la especialidad de ingeniería mecánica electricista, siendo en el año 1988 donde su vida profesional dio un giro inesperado.
A pesar de haber sido bueno en mi especialidad de haber podido lograr quizás una buena posición laboral en ese rumbo, sentía que algo me faltaba que algo no estaba bien, es por ello que decidí inscribirme en  la universidad ESAN  y estudiar negocios, confiaba en que ese serpia mi vocación, asevero César Gutiérrez.
Luego de más de treinta años confirma que esa es su vocación, actualmente se dedica a los negocios y finanza y a las consultorías del sector minero energético para empresas privadas del sector minero, su trabajo consiste en asesorar a los bancos y a las empresas de este sector con las inversiones que planean realizar, analizando cuanto invertir y la rentabilidad de los negocios a tratar.
En sus ratos libres, el señor César Gutiérrez tiene como costumbre dedicar 8 horas a la lectura, siendo sus temas favoritos los de política internacional. Para finalmente redactar sus opiniones en los diferentes y exitosos blog en los que redacta semanalmente.
Me siento feliz pues a pesar de que fue una ardua investigación la de los petroaudios, ninguno de mis clientes me abandonó a pesar de que cada uno tuvo que ir a declarar durante horas ante el juzgado. Eso me dio a entender que estoy haciendo un trabajo y que ello me respalda ante cualquier adversidad, finalizó César Gutiérrez.

sábado, 27 de octubre de 2012

Emma Zunz
Las cosas no ocurrieron como había previsto Emma Zunz. Desde la madrugada anterior, ella se había soñado muchas veces, dirigiendo el firme revólver, forzando al miserable a confesar la miserable culpa y exponiendo la intrépida estratagema que permitiría a la Justicia de Dios triunfar de la justicia humana. (No por temor, sino por ser un instrumento de la Justicia, ella no quería ser castigada.) Luego, un solo balazo en mitad del pecho rubricaría la suerte de Loewenthal. Pero las cosas no ocurrieron así.
En la creciente oscuridad, Emma lloró hasta el fin de aquel día del suicidio de Manuel Maier, que en los antiguos días felices fue Emanuel Zunz. Recordó veraneos en una chacra, cerca de Gualeguay, recordó (trató de recordar) a su madre, recordó la casita de Lanús que les remataron, recordó los amarillos losanges de una ventana, recordó el auto de prisión, el oprobio, recordó los anónimos con el suelto sobre "el desfalco del cajero", recordó (pero eso jamás lo olvidaba) que su padre, la última noche, le había jurado que el ladrón era Loewenthal. Loewenthal, Aarón Loewenthal, antes gerente de la fábrica y ahora uno de los dueños. Emma, desde 1916, guardaba el secreto. A nadie se lo había revelado, ni siquiera a su mejor amiga, Elsa Urstein. Quizá rehuía la profana incredulidad; quizá creía que el secreto era un vínculo entre ella y el ausente. Loewenthal no sabía que ella sabía; Emma Zunz derivaba de ese hecho ínfimo un sentimiento de poder.
El sábado, la impaciencia la despertó. La impaciencia, no la inquietud, y el singular alivio de estar en aquel día, por fin. Ya no tenía que tramar y que imaginar; dentro de algunas horas alcanzaría la simplicidad de los hechos. Leyó en La Prensa que el Nordstjärnan, de Malmö, zarparía esa noche del dique 3; llamó por teléfono a Loewenthal, insinuó que deseaba comunicar, sin que lo supieran las otras, algo sobre la huelga y prometió pasar por el escritorio, al oscurecer. Le temblaba la voz; el temblor convenía a una delatora. Ningún otro hecho memorable ocurrió esa mañana. Emma trabajó hasta las doce y fijó con Elsa y con Perla Kronfuss los pormenores del paseo del domingo. Se acostó después de almorzar y recapituló, cerrados los ojos, el plan que había tramado. Pensó que la etapa final sería menos horrible que la primera y que le depararía, sin duda, el sabor de la victoria y de la justicia. De pronto, alarmada, se levantó y corrió al cajón de la cómoda. Lo abrió; debajo del retrato de Milton Sills, donde la había dejado la antenoche, estaba la carta de Fain. Nadie podía haberla visto; la empezó a leer y la rompió.
El catorce de enero de 1922, Emma Zunz, al volver de la fábrica de tejidos Tarbuch y Loewenthal, halló en el fondo del zaguán una carta, fechada en el Brasil, por la que supo que su padre había muerto. La engañaron, a primera vista, el sello y el sobre; luego, la inquietó la letra desconocida. Nueve diez líneas borroneadas querían colmar la hoja; Emma leyó que el señor Maier había ingerido por error una fuerte dosis de veronal y había fallecido el tres del corriente en el hospital de Bagé. Un compañero de pensión de su padre firmaba la noticia, un tal Fein o Fain, de Río Grande, que no podía saber que se dirigía a la hija del muerto.
Emma dejó caer el papel. Su primera impresión fue de malestar en el vientre y en las rodillas; luego de ciega culpa, de irrealidad, de frío, de temor; luego, quiso ya estar en el día siguiente. Acto continuo comprendió que esa voluntad era inútil porque la muerte de su padre era lo único que había sucedido en el mundo, y seguiría sucediendo sin fin. Recogió el papel y se fue a su cuarto. Furtivamente lo guardó en un cajón, como si de algún modo ya conociera los hechos ulteriores. Ya había empezado a vislumbrarlos, tal vez; ya era la que sería.
¿En aquel tiempo fuera del tiempo, en aquel desorden perplejo de sensaciones inconexas y atroces, pensó Emma Zunz una sola vez en el muerto que motivaba el sacrificio? Yo tengo para mí que pensó una vez y que en ese momento peligró su desesperado propósito. Pensó (no pudo no pensar) que su padre le había hecho a su madre la cosa horrible que a ella ahora le hacían. Lo pensó con débil asombro y se refugió, en seguida, en el vértigo. El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español; fue una herramienta para Emma como ésta lo fue para él, pero ella sirvió para el goce y él para la justicia.
Referir con alguna realidad los hechos de esa tarde sería difícil y quizá improcedente. Un atributo de lo infernal es la irrealidad, un atributo que parece mitigar sus terrores y que los agrava tal vez. ¿Cómo hacer verosímil una acción en la que casi no creyó quien la ejecutaba, cómo recuperar ese breve caos que hoy la memoria de Emma Zunz repudia y confunde? Emma vivía por Almagro, en la calle Liniers; nos consta que esa tarde fue al puerto. Acaso en el infame Paseo de Julio se vio multiplicada en espejos, publicada por luces y desnudada por los ojos hambrientos, pero más razonable es conjeturar que al principio erró, inadvertida, por la indiferente recova... Entró en dos o tres bares, vio la rutina o los manejos de otras mujeres. Dio al fin con hombres del Nordstjärnan. De uno, muy joven, temió que le inspirara alguna ternura y optó por otro, quizá más bajo que ella y grosero, para que la pureza del horror no fuera mitigada. El hombre la condujo a una puerta y después a un turbio zaguán y después a una escalera tortuosa y después a un vestíbulo (en el que había una vidriera con losanges idénticos a los de la casa en Lanús) y después a un pasillo y después a una puerta que se cerró. Los hechos graves están fuera del tiempo, ya porque en ellos el pasado inmediato queda como tronchado del porvenir, ya porque no parecen consecutivas las partes que los forman.
No durmió aquella noche, y cuando la primera luz definió el rectángulo de la ventana, ya estaba perfecto su plan. Procuró que ese día, que le pareció interminable, fuera como los otros. Había en la fábrica rumores de huelga; Emma se declaró, como siempre, contra toda violencia. A las seis, concluido el trabajo, fue con Elsa a un club de mujeres, que tiene gimnasio y pileta. Se inscribieron; tuvo que repetir y deletrear su nombre y su apellido, tuvo que festejar las bromas vulgares que comentan la revisación. Con Elsa y con la menor de las Kronfuss discutió a qué cinematógrafo irían el domingo a la tarde. Luego, se habló de novios y nadie esperó que Emma hablara. En abril cumpliría diecinueve años, pero los hombres le inspiraban, aún, un temor casi patológico... De vuelta, preparó una sopa de tapioca y unas legumbres, comió temprano, se acostó y se obligó a dormir. Así, laborioso y trivial, pasó el viernes quince, la víspera.
Cuando se quedó sola, Emma no abrió en seguida los ojos. En la mesa de luz estaba el dinero que había dejado el hombre: Emma se incorporó y lo rompió como antes había roto la carta. Romper dinero es una impiedad, como tirar el pan; Emma se arrepintió, apenas lo hizo. Un acto de soberbia y en aquel día... El temor se perdió en la tristeza de su cuerpo, en el asco. El asco y la tristeza la encadenaban, pero Emma lentamente se levantó y procedió a vestirse. En el cuarto no quedaban colores vivos; el último crepúsculo se agravaba. Emma pudo salir sin que lo advirtieran; en la esquina subió a un Lacroze, que iba al oeste. Eligió, conforme a su plan, el asiento más delantero, para que no le vieran la cara. Quizá le confortó verificar, en el insípido trajín de las calles, que lo acaecido no había contaminado las cosas. Viajó por barrios decrecientes y opacos, viéndolos y olvidándolos en el acto, y se apeó en una de las bocacalles de Warnes. Paradójicamente su fatiga venía a ser una fuerza, pues la obligaba a concentrarse en los pormenores de la aventura y le ocultaba el fondo y el fin.
La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos, porque sustancialmente era cierta. Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero también era el ultraje que había padecido; sólo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios.
Aarón Loewenthal era, para todos, un hombre serio; para sus pocos íntimos, un avaro. Vivía en los altos de la fábrica, solo. Establecido en el desmantelado arrabal, temía a los ladrones; en el patio de la fábrica había un gran perro y en el cajón de su escritorio, nadie lo ignoraba, un revólver. Había llorado con decoro, el año anterior, la inesperada muerte de su mujer - ¡una Gauss, que le trajo una buena dote! -, pero el dinero era su verdadera pasión. Con íntimo bochorno se sabía menos apto para ganarlo que para conservarlo. Era muy religioso; creía tener con el Señor un pacto secreto, que lo eximía de obrar bien, a trueque de oraciones y devociones. Calvo, corpulento, enlutado, de quevedos ahumados y barba rubia, esperaba de pie, junto a la ventana, el informe confidencial de la obrera Zunz.
Ante Aarón Loewenthal, más que la urgencia de vengar a su padre, Emma sintió la de castigar el ultraje padecido por ello. No podía no matarlo, después de esa minuciosa deshonra. Tampoco tenía tiempo que perder en teatralerías. Sentada, tímida, pidió excusas a Loewenthal, invocó (a fuer de delatora) las obligaciones de la lealtad, pronunció algunos nombres, dio a entender otros y se cortó como si la venciera el temor. Logró que Loewenthal saliera a buscar una copa de agua. Cuando éste, incrédulo de tales aspavientos, pero indulgente, volvió del comedor, Emma ya había sacado del cajón el pesado revólver. Apretó el gatillo dos veces. El considerable cuerpo se desplomó como si los estampidos y el humo lo hubieran roto, el vaso de agua se rompió, la cara la miró con asombro y cólera, la boca de la cara la injurió en español y en ídisch. Las malas palabras no cejaban; Emma tuvo que hacer fuego otra vez. En el patio, el perro encadenado rompió a ladrar, y una efusión de brusca sangre manó de los labios obscenos y manchó la barba y la ropa. Emma inició la acusación que había preparado ("He vengado a mi padre y no me podrán castigar..."), pero no la acabó, porque el señor Loewenthal ya había muerto. No supo nunca si alcanzó a comprender.
Los ladridos tirantes le recordaron que no podía, aún, descansar. Desordenó el diván, desabrochó el saco del cadáver, le quitó los quevedos salpicados y los dejó sobre el fichero. Luego tomó el teléfono y repitió lo que tantas veces repetiría, con esas y con otras palabras: Ha ocurrido una cosa que es increíble... El señor Loewenthal me hizo venir con el pretexto de la huelga... Abusó de mí, lo maté...

sábado, 6 de octubre de 2012

Sentía que no podía encontrar un lugar que me inspirara más, donde sentía que me hallaba, que podía meditar todo lo que tenía en mente, un lugar tan sencillo lo tenía todo para mí.
El puente de los suspiros que  fue construido durante el gobierno del primer Alcalde de Barranco Don Enrique Monterroso, para unir las riberas de la calle Ayacucho y la Hermita. Luego, fue parcialmente destruido en 1881 y posteriormente reconstruido.
El puente está ubicado a 8 metros y medio de altura, tiene 44 metros de largo y 3 de metros de ancho. La principal tradición de este puente señala quién por primera vez cruce el puente y lo debe cruzar sin respira mientras piense en un deseo, y el deseo que pidió será cumplido.
El nombre de este puente deriva de los innumerables romances que existieron y existen en este pintoresco rincón Barranquito. El puente sirvió de inspiración a una famosa canción de la compositora barranquina Chabuca Granda titulada igualmente “Puente de los suspiros”
Los lindos paisajes que se pueden visualizar aquí, son atractivos turísticos de cientos de turistas hoy en día, es por  ello que muchas personas van a ir a tomar fotos pues como lo dije antes es un paisaje que inspira, que te da alegría, que así lo hayas recorrido miles de veces, encuentras un lugar que no has alcanzado apreciar.

viernes, 28 de septiembre de 2012

Fueron años difíciles pero con la fuerza de mi familia y la confianza de mis clientes lo pude superar.
Don César Gutiérrez: su vida después de los Petroaudios
El Grupo El Comercio estuvo en mi contra.
Entrevista a César Gutiérrez:
Por: Fiorella Gil Mena

César Gutiérrez Peña, ex presidente de Petroperú,  siente que está en el auge de su vida profesional años después de haber superado la terrible temporada en la que diariamente veía su fotografía en los diferentes diarios locales involucrándolo con Rómulo León y los famosos petroaudios.
Durante el proceso de investigación acerca de los petroaudios, el ex presidente de Petroperú se caracterizo por siempre tratar de dar declaraciones o información que la prensa le solicitaba, pues él aseguraba que era inocente de toda acusación y de no haber recibido ningún dinero por parte de Rómulo León.
Don César Gutiérrez se graduó en la universidad de Ica, en la especialidad de ingeniería mecánica electricista. Sin embargo, en el año 1988, su vida profesional dio un giro inesperado pues el ex trabajador de Petroperú, se inscribió en la carrera universitaria de negocios y finanza de la universidad ESAN.
Por cerca de treinta años, el señor Gutiérrez se dedica a los negocios y finanzas. En el 2006, fue presidente de  Petroperú hasta el 2008, que fue obligado a presentar su renuncia luego de que salieran a la luz los petroaudios que lo vinculaban e incluso lo mencionaban como la pieza clave del caso Discover.
Actualmente, el Sr. Gutiérrez se dedica a  las consultorías del sector minero energético para empresas privadas, su trabajo consiste en asesorar a los bancos y a las empresas del sector minero y energético con las inversiones que planean realizar, analizando cuanto invertir y la rentabilidad de los negocios.
En sus tiempos libres, el señor César Gutiérrez se dedica a leer, durante los domingos que mayormente tiene libre dedica 8 horas a la lectura, califica esto ya es una costumbre e incluso se podría describir como un amante de la lectura. Sus temas favoritos de lectura son sobre temas políticos internacionales.





Otro de sus hobbies es escribir, el ex presidente de Petroperú, escribe dos artículos semanales en su blog de opinión que  tiene mucha aceptación actualmente. También disfruta mucho enseñar, es por ello que dicta clases en la facultad de  administración de la Universidad Mayor de San Marcos desde hace 3 años.
Durante el año 2009, el caso Discover generó problemas en el entorno familiar de Don César Gutiérrez, pues sus dos hijas que en ese año tenían 16 y 17 años, sufrieron las consecuencias. En la escuela donde estudiaban y en las calles recibían burlas y amenazas por parte de diferentes personas.
“No fue fácil para ellas verme diariamente en los diarios, ver mi rostro y leer las noticias que indicaban que me encarcelarían. Para ellas fue como una pesadilla, es por ello que nunca me escondí por ellas y porque no había hecho nada malo como  para huir del país”, indicó tristemente el ex presidente de Petroperú.
Don César Gutiérrez está completamente seguro de que la persona que mando el video anónimo vinculándolo con los petroaudios fue su ex pareja, quien al parecer se quería vengar de él. Sin embargo, asegura que no tomó acciones legales contra aquella mujer pues iba a ser en vano.
Asimismo, también el señor Gutiérrez afirma que durante todo su juicio, se pudo ver claramente la enemistad que El Grupo El Comercio tiene contra él, pues cada día querían vincularlo más con Rómulo León. Es por ello, que Don César tenía que acercar a lugares como el canal 2 para declarar y así contrarrestar toda acusación.
Pese a todo esto, Don César Gutiérrez dice que se siente feliz, pues indica que durante toda su investigación ninguno de sus clientes lo dejó a pesar de que tuvieron que ir a declarar durante horas ante el juzgado. Esas cosas le dan a entender que está haciendo un buen trabajo que lo respalda.

Una movilidad de la empresa Kapital atropella a un transeúnte en altas horas de la madrugada. La movilidad de la empresa Kapital transportaba a cuatro trabajadores de la empresa Konecta ubicada en la avenida Faucett del distrito del Callao.
La movilidad empezó su recorrido a la 1:30 am bajo la conducción del señor Manuel Zapata. El choque se debió al cansancio físico que tenía el conductor, mostrando indicios de sueño como bostezos y ojos rojos, según afirman los cuatro pasajeros de aquella movilidad.
Al iniciar su recorrido, todo parecía marchar bien. Recogió al primer trabajador, el señor Oscar Fuentes, domiciliado en la avenida Wiesse. Luego, se dirigió a la avenida Próceres donde domiciliaba la señorita Beatriz Quiroz. Después condujo a la calle domicilio de la señora Grecia Benavente ubicado en la avenida Las Flores. Para finalmente, recoger al joven Gustavo Reyes en la avenida Canto Grande.
Es en la avenida Canto Grande, donde ocurrió el inesperado accidente. Según el señor Zapata, conductor del auto, el manejaba tranquilamente, cuando de pronto se le cruzó un anciano que se dedicaba a recolectar basura en las noches. 
Según los pasajeros de aquella movilidad, el señor Zapata al recoger al joven Gustavo Reyes, último pasajero de la movilidad. El conductor mostró aun más los indicios de estar cansado, para que finalmente en un descuido no darse cuenta que el anciano recolector de basura estaba cerca.
Finalmente, el carro arremetió contra el cuerpo del anciano, volando este sobre la parte superior del auto. El anciano recolector falleció instantáneamente por múltiples fracturas.